Sentirse cansado todo el tiempo se ha normalizado peligrosamente. En conversaciones cotidianas, decir “estoy agotado” ya no genera alarma, sino empatía. Sin embargo, la ciencia es clara: vivir en un estado constante de fatiga no es normal ni saludable. En los últimos años, el cansancio crónico se ha convertido en uno de los síntomas más comunes del estilo de vida moderno.
Según datos de salud pública, más del 60 % de los adultos reporta sentirse fatigado de forma frecuente, incluso después de dormir. Las principales causas no son enfermedades graves, sino factores cotidianos: estrés prolongado, mala calidad del sueño, sobreestimulación digital, alimentación deficiente y falta de pausas reales durante el día.
El problema es que el cuerpo se adapta al agotamiento. Cuando el estrés se vuelve constante, el sistema nervioso entra en un estado de alerta permanente, elevando los niveles de cortisol. A corto plazo esto permite “seguir funcionando”, pero a largo plazo afecta la memoria, el estado de ánimo, el sistema inmune y la regulación hormonal.
Dormir más horas no siempre soluciona el problema. Estudios sobre sueño muestran que la calidad del descanso es tan importante como la duración. Despertares nocturnos, uso de pantallas antes de dormir y horarios irregulares reducen el sueño profundo, clave para la recuperación física y mental.
También influye la cultura de la productividad extrema. Vivir acelerado, comer rápido y no desconectarse nunca mantiene al cuerpo en un estado de tensión constante. El cansancio deja de ser una señal de alerta y se convierte en el estado base.
En 2026, el wellness empieza por cuestionar esta normalización. Recuperar energía no es un lujo: es una necesidad biológica. Escuchar el cansancio es el primer paso para vivir mejor.








